La mirada de uno

In you I see 

Someone special

Don’t go to war with yourself

Just turn it on

And you can’t go wrong

[Miracles – Coldplay]

Leo la noticia publicada en la cuenta de un contacto de Facebook: “Murió Rafael Roca, el escultor que dejó su huella en cada calle de la ciudad“.

Automáticamente se dispara el recuerdo. Tengo 8 años y estoy tomando clases de escultura en su taller, junto con mis primos. Una tía es amiga de él y supongo que era una manera de darle una mano al artista que daba sus primeros pasos en el Alto Valle.

A pesar de mi edad ya había leído la Trilogía de la Fundación de Asimov, era seguidor de Nippur de Lagash, de Gilgamesh el inmortal… Mi imaginación se alimentaba continuamente de la ciencia ficción.

Yo no sabía exactamente qué esculpir, y lo único que se me había venido a la mente era tallar una ciudad futurista de aquel gran bloque de piedra blanquecino que me asignó. Luego de varias clases, a fuerza de cincel y martillo, había logrado darle una forma cuadrangular, cuyos únicos burdos detalles eran dos grandes puertas en lados opuestos.

Con el paso de los años encontré lo que veía en esa escultura: un Cubo Borg de Star Trek, sólo que en vez de estar en el espacio, se apoyaba sobre tierra desértica y firme.

Cubo Borg en el espacio.

El recuerdo continúa en esa tarde/noche fría de invierno, en el que un amigo de Rafael llega de visita al taller. Con timidez les cuento que era una ciudad del futuro cuando me preguntan qué es lo que estoy haciendo. Aún veo las miradas y sonrisas irónicas entre ellos ante mi respuesta. Qué desilusión tuve conmigo, de golpe caí en la cuenta que la ciudad de enormes puertas que se erguía orgullosa en un desierto brillante, como una Atenas del futuro, era una porquería de bordes irregulares que nunca se iba a parecer a nada más que eso.

Por supuesto dejé de ir a clases y durante un tiempo respondí con evasivas cuando mis primos me preguntaban por qué ya no los acompañaba. Cómo explicarles que lo único que tenía para expresar había sido un fracaso.

Durante décadas me acompañó esa sensación, expresarme podía tener esos resultados, podía recibir burlas, podía sentirme menospreciado. Por supuesto que lo que muchas veces recibía era exactamente eso, yo estaba convencido de que sería así y la profecía se autocumplía. Sólo podía ver el lado negativo de esa ecuación misteriosa que la vida me ponía adelante una y otra vez.

Claro que ese momento desdichado no definió por sí solo lo que experimenté en adelante, debe haber sido una sumatoria de situaciones previas y posteriores. Pero la noticia de la muerte de Rafael Roca lo trajo vívido a mi mente.

En el colegio secundario escribí un cuento que se llamaba El Galpón, la historia de un galpón de esquila de una estancia de mi familia, en el que el mismo edificio contaba su historia. Me sorprendí al recibir la aprobación de la profesora de Literatura y de mis compañeros. Pero cuando uno de ellos me felicitó en particular, le mentí que lo había copiado de un libro de cuentos. Apenas pude, lo rompí en mil pedazos. Mejor no seguir arriesgando.

Décadas después me empezó a llamar la atención la fotografía. La encaré con el mismo prejuicio alimentado de los fracasos previos. Pero también me di cuenta que lo que uno tiene para expresar hay que dejarlo salir. No importa lo que digan los demás, importa la mirada de uno. Para qué lo hago no sé, simplemente está ahí y no lo voy a ignorar más. Desde el principio supe que mis imágenes debían ir acompañadas de un texto, que contara la historia detrás de la imagen, o una emoción que me despertara, o la técnica usada para conseguirla, o lo que sea pero algo.

Las vueltas de la vida hicieron que en 2015 una foto que hice de aquél galpón que me inspiró a escribir esa historia, fuera la tapa de un libro de Elías Chucair:

Y porque se me ocurrió apretar el disparador de mi cámara aquél día veraniego que transitábamos con mi hija la estepa infinita, y ayer me pasé un rato editándola sólo porque me dieron ganas, aprovecho para terminar la historia con esta foto:

Por la estepa infinita

Muchas gracias por mirar y leer.

Mariano Srur

Mariano Srur / Fotógrafo
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